Cruce de caminos

Un día, cuando La Tierra era joven, coincidieron en un cruce de caminos un granjero de camino a su hogar y un lagarto, que tomaba el sol junto a la encrucijada.

- Pérdoname, noble granjero - le dijo el lagarto al hombre.

Las palabras del lagarto no asustaron al hombre: en aquellos lejanos días hombres y animales aún hablaban entre ellos.

- Dime, pequeño lagarto, ¿que deseas? - le respondió el granjero.
- ¿Sería posible que recorriésemos juntos este camino? Me empiezo a aburrir, y me agradaría un paseo y una buena charla.
- Claro que no, amigo. Tu compañía será un placer.
- ¡Magnífico!. Y dime, ¿cómo ha sido tu jornada? - le preguntó el lagarto mientras ajustaba su caminar al del hombre.
- Muy duro, buen reptil. La cosecha está siendo mala, y este mes necesitamos recoger bastante grano, para poder cambiarlo por vestidos nuevos para mi familia.
- Nunca he podido entenderos a los hombres. A veces, y excúsame si te ofendo, pienso que vuestros dioses son crueles con vosotros.
- No me ofendes, lagarto, pero ¿porqué lo dices?
- Fíjate en cualquiera de los animales que te rodean: pasamos el día comiendo, jugando y yaciendo con nuestras hembras. Nada nos preocupa. Vivimos felices hasta que morimos de viejos o somos comidos, pero incluso ésto último pasa rápido. Sin embargo, los hombres teneis que trabajar duramente, limitaros y castigaros con leyes, ataros a una sola hembra, conseguir vestimentas y herramientas y fabricar refugios. Vuestra vejez es aún más dura y lamentable. Me resulta una vida muy dura, en comparación con la nuestra.

El campesino guardó silencio unos instantes. Luego le respondió al lagarto:

- Es cierto que nuestra vida es dura, pero no tienes razón cuando dices que nuestros dioses fueron crueles, o que no somos felices. A pesar de las inclemencias de nuestro día a día, tenemos algo de lo que vosotros carecéis, y que dota de sentido a nuestra vida.
- ¿En serio? ¿De qué se trata? - preguntó con sincera curiosidad el animal.
- Del amor.
- Vaya, nunca había oído hablar de eso. ¿En qué consiste?
- Me temo, querido amigo, que no te lo puedo explicar. Además, ya hemos llegado a mi casa. Te agradezco infinito tu compañía, lagarto, y te deseo lo mejor en tu vida. Mis saludos.
- Mis saludos, campesino. Te deseo también lo mejor para tu vida.

Tras esa conversación, todo cambió para el lagarto. Ahora no podía estar tranquilo sin conocer de qué se trataba eso del amor, así que llamó a sus dioses, porque en aquellos lejanos días tanto animales como hombres aún podían hablar directamente con sus dioses. Los dioses-lagarto se manifestaron instantáneame ante el animal.

- Mis adorados ancestros: quisiera experimentar eso del amor - Pidió el lagarto.
- Mi buen hijo, ¿sabes lo que pides? no creas que eso va a ser, necesariamente, que tu vida sea más feliz, ni tan siquiera más sencilla.
- Pero... ¿hará que al menos sea más interesante?
- Eso es seguro.
- Pues lo deseo.

Pero como la experimentación plena del amor requiere de dos, los dioses llevaron al lagarto junto a una hembra-lagarto, e hicieron que, por primera vez en la historia del mundo, dos animales se enamorasen. Y ese amor fue tan apasionado y sincero, y les trajo tanta felicidad, que ambos pensaron que toda su vida anterior había carecido de sentido. Los dos lagartos pasaron días de inmensa dicha juntos, compartiendo todo aquello que antes habían hecho por separado.

Pero la dicha acabó de forma abrupta y terrible: un día, mientras tomaban el sol, un enorme loro se abalanzó sobre la hembra, cogiéndola por el cuello con su fuerte pico y elevándola por los aires para llevársela a su refugio y comerla con tranquilidad. El lagarto-macho, horrorizado, mordió y tiró de la cola de su amada para intentar zafarla del pico del terrible pájaro. Las extraordinarias fuerzas que el amor le concedió al reptil hicieron que, por unos interminables instantes, la lucha entre el loro y el lagarto fuera incierta, hasta que, fruto de los tirones, la cola de la pobre hembra se partiese en dos. El loro se elevó hacia los cielos, y el lagarto sólo pudo conservar de su amada el inerte apéndice.

Ahora que se le había arrebatado su amor, la vida no tenía sentido para el lagarto, y sólo le restaba esperar a la muerte. En su espera decidió vagar sin rumbo por el mundo, advirtiendo a cualquier animal que se topase en su camino: nunca, bajo ningún concepto, debían hablar con los humanos, pues sus palabras sólo llevan al dolor más profundo.

El lagarto, con el tiempo, acabó transmitiendo su mensaje a todos los animales, excepto a los loros, cuya mera visión le era insoportable, y es por ese motivo por el que siguen siendo los únicos animales que hablan con hombres.

La historia del amor perdido del lagarto también se transmitió por todo el mundo animal. Fue a partir de entonces cuando todos los miembros de su especie decidieron que, de vez en cuando, se desprenderían por su propia voluntad de sus colas. Sería su particular homenaje y recuerdo al amor que una vez existió entre dos lagartos, cuando La Tierra aún era joven.

La princesa, su hermana y el bárbaro

Hace unos pocos miles de años el rey Floripondio gobernaba en el lejano reino de Mantapinto. Todos sus vasallos eran felices y prosperaban en paz, y los reinos vecinos respetaban y admiraban al anciano rey. Por ese motivo no existía ejército de Mantapinto.

Pero los bárbaros no suelen tener muy desarrollada la capacidad para respetar y admirar, así que Antracón, bárbaro entre los bárbaros, partió hacia Mantapinto con un millón de soldados bárbaros. Ningún pueblo, ciudad o nación se atrevió a enfrentarse a semejante fuerza en su camino hacia el reino del monarca Floripondio. Tras seis meses de marcha a través de pantanos, desiertos y montañas, el ejército alcanzó las puertas de la muralla de la capital. Los bárbaros ansiaban lanzarse al pillaje y la barbarie, pero estaban completamente extenuados por el periplo. Antracón decidió esperar unos días, para asegurar el más salvaje de cuantos saqueos hayan tenido lugar.

Así pues, una vez acampados ante las puertas de la ciudad, Antracón le gritó al vigía apostado en la atalaya de la muralla:

- Hazle saber a tu rey que estoy aquí. Hazle saber que vamos a arrasar esta ciudad el próximo domingo. Eso es dentro de tres días. He dicho.

Se volvió a descansar a su tienda, pero por el camino recordó que, tras aquellas murallas de Mantapinto, estaba Galamina.

Galimina. En aquellos días todas las niñas del mundo civilizado (y buena parte de las demás) deseaban ser la hija del rey Floripondio: Galamina, cuya belleza era cantada y alabada por cientos de poemas y canciones. Los que la habían visto decían que verla era perder la cabeza, y los que nunca la habían visto aún exageraban más. Se decía también que la inteligencia, la gracia y la virtud de la princesa no eran menos que la luz de su rostro. Mucho, en fin, se decía de la princesa Galamina en aquellos días.

El bárbaro Antracón, entonces, no tardó en volverse al vigía para volver a gritar:

- Y dile a tu rey que, cada una de las noches que quedan para el domingo, tendrá que enviar su hija a mi tienda, para que yo disponga de ella a mi placer. De no hacerlo, el domingo mataremos a todo lo que viva tras esas murallas. Si obedece mi deseo, perdonaremos la vida a las mujeres y los niños.

El vigía se estremeció ante la idea de que ese espantoso animal yaciera con la celestial Galamina, pero cumplió con su obligación y transmitió el mensaje al Rey, quien la rechazó nada más escucharla: le era absolutamente imposible tan siquiera pensar en ceder a su hija, fuesen cuales fuesen las consecuencias.

Pero fue la propia Galamina, que estaba a su lado y escuchó el mensaje, la que aceptó la propuesta en lugar de su padre, para la sorpresa de todos los asistentes

- Padre mío, deja que este mensajero transmita al bárbaro nuestra conformidad con su propuesta. Y estáte tranquilo, pues mi honra no será lo único que este bárbaro dejará intacto: el lunes seguirás gobernando esta ciudad.

Tan rotundas eran sus palabras, y tal era la seguridad de su semblante, que el Rey le dijo al vigía que procediese a anunciar la conformidad real.

· · ·

Al caer el sol Antracón ya esperaba en su tienda la llegada de la princesa, y cavilaba las prácticas y técnicas a las que sometería ese delicioso cuerpecillo principesco. Cuando ya empezaba a perder su paciencia y se temía una posible traición, una figura encapuchada entró en la tienda. Al caer la capucha, el bárbaro contempló la visión más hermosa que había presenciado nunca. En realidad, para un bárbaro acostumbrado a las mujeres de su tribu (que se diferencias más bien poco de los hombres) la visión de tan extraordinaria criatura supuso una auténtica epifanía.

Pero a los bárbaros esas cosas les duran poco, y en seguida saltó sobre la joven para agarrarla por la cintura y quitarle capas de ropa. Para su sorpresa, ella no sólo no parecía disgustada, sino que besaba sus brazos a medida que éstos intentaban quitar nudos y corsés, y en lugar de chillar, la joven gemía y suspiraba de anhelo. A Antracón le invadió la confusión: estaba preparado para cortar las manos de la joven si le arañaba demasiado, pero no para que esas manos le acariciasen sensualmente. Incluso escucho, atónito, cómo la joven susurraba piropos de admiración a sus oidos, acostumbrados a gritos y lamentos.

Pero el desconcierto del bárbaro aún fue mayor cuando le oyó musitar, con tono triste:

- Ah... ojalá mi hermana estuviera aquí.
- ¿Cómo? ¿tu hermana? - dijo el atónito bárbaro.
- Mi hermana Aliata, la guapa de la familia - contestó ella mirándole con ojos tristes.
- ¿La... GUAPA?
- Si. Mi padre, el Rey, siempre la consideró demasiado hermosa para ser vista por la plebe, y la encerró desde niña en una celda. Allí ha crecido sin conocer varón alguno, pero estudiando con pasión todo lo que se ha escrito sobre el arte de complacer a un hombre. Ojalá fuese ella la que estuviera aquí. No sólo se muere por poner en práctica esas misteriosas artes del placer, sino que te darías cuenta de que soy un mero adefesio a su lado.

El bárbaro no daba crédito a lo que oía, pero la líbido de un hombre a menudo turba su capacidad de razonamiento, por lo que una simple idea se instaló definitivamente en su cabeza: quería yacer, en ese preciso instante, con Aliata, esa diosecilla de las artes amatorias.

- ¡Trae inmediatamente aquí a tu hermana!
- Eso es imposible, mi viril gigante. Ella preferiría morir antes de desobedecer a mi padre y abandonar el palacio. Pero mejor: te llevaré hacia su celda. Ahora todos duermen, y además ella podrá hacer uso de los artefactos y lociones del amor que tiene en su celda, a espera de un poderoso semental como tú.

Sin mediar otra palabra, Antracón se puso su capa y partió detrás de Galamina hacia el palacio, dejando aviso a sus tenientes de que arrasaran la ciudad si no había vuelto para el amanecer.

La joven introdujo al bárbaro en el palacio por un pequeño pasadizo secreto en una de las murallas. El bárbaro, atónito por la falta de protección, recordó maravillado que en Mantapinto no existe ejército, ni por tanto más guardias que el vigía de la Atalaya. Tras el pasadizo de la muralla encontraron una puerta en una de las paredes del palacio. Al atraverla llegaron a un pasillo. Tras el pasillo, una escalera. Tras la escalera, un nuevo pasillo, que concluía con otra escalera, esta vez de caracol. Al final, un nuevo pasillo, y tras una de las puertas, una galería. Tras la galería, otra escalera y otro pasillo. De esta forma camiraron durante casi media hora, y entonces el bárbaro le preguntó a la joven:

- Pero dime, chiquilla, ¿dónde demonios está tu hermana Aliata?
- Tranquilo, barbaro mío, estamos cerca. Te aseguro que, cuando palpes el terciopelo de sus muslos y el calor de su sexo, te darás cuenta que hasta una caminata de cien días compensa por ella.

Y así siguieron otra hora. Cada vez que el bárbaro se veía tentado de poseer allí mismo a la princesa y olvidarse de la hermana, Galamina se le describía algún detalle del cuerpo, las habilidades o la forma de amar de Aliata, y al instante recuperaba su voluntad para seguir atravesando pasillos, galerías y escaleras. Tal era su afán libidinoso que ni siquiera se preguntaba si no habrían pasado ya por esa galería.

Pero finalmente, tras horas y horas, hasta el más excitado de los salvajes acaba agotándose. Incapaz ya de acometer el más miserable acto sexual, el bárbaro le pidió a la princesa que le guiara por el camino de vuelta. Además temía que saliese el sol, y que sus hombres empezaran el pillaje sin él, robándole la diversión.

Así pues, tras recorrer de nuevo escaleras, galerías y pasillos, llegaron a la puerta de salida, sin que el bárbaro notase que el camino de vuelta había sido inusitadamente más rápido que la infructuosa ida.

- Vuelvo a mi tienda, jovencita, pero te advierto: mañana le dirás a tu hermana que me espere en la habitación más cercana a las murallas. No pienso caminar más de unos pasos hasta llegar a ella. De lo contrario, mis hombres se cebarán especialmente con tu familia en el pillaje.


· · ·

Y así fue que llegó la segunda noche. Justo al caer el sol, un mensajero de palacio le trajo al líder bárbaro una misiva, firmada con el nombre de Aliata.

"Mi ardiente héroe - se podía leer en la deliciosamente caligrafiada misiva - te espero con pasión y poca ropa en la bodega de palacio, a la que llegarás al atravesar la primera puerta a la izquierda en el primer pasillo que pisaste ayer con mi hermana. No tardes."

Antracón partió inmediatamente hacia el pasadizo que atravesaba las murallas, y entró fogosamente en la bodega de palacio. Y lo que encontró tras la puerta era una imagen que no se ve todos los días: en el extremo de la bodega más cercano a la puerta y al bárbaro había una silla. A ambos lados de ésta, dos largas mesas. Al otro extremo de ambas, un círculo de velas, y en su interior, una joven bailaba.

El bárbaro la contempló atónito: los velos de la joven ondulaban hipnóticamente con cada movimiento de sus caderas. Su cuerpo (muy, muy parecido al de Galamina), se movía con una gracia exquisita, y en su rostro, tapado en la mitad inferior por un velo, destacaban dos ojos minuciosamente maquillados y coloreados. El pelo, rojizo intenso, se agitaba como la cola de un felino en cada estribación de la danza.

- Sientante, mi bárbaro, y contempla mi danza. Cuando acabe, recibirás los placeres más intensos que haya experimentado hombre alguno.

El atontado Antracón obedeció y tomó asiento, contemplando el asombroso espectáculo.

Pero un bárbaro, además de las mujeres y la destrucción, tiene una tercera pasión: devorar comida grasienta. Y aunque no podía apartar la vista de la joven, sí podía alargar el brazo a las mesas próximas a la silla, que como suele ocurrir con las mesas de las bodegas, estaban repletas de carnes, quesos y frutas.

Antracón estaba en éxtasis: paladeaba maravillosos manjares mientras contemplaba a la más bella joven que había visto jamás bailar para él. Notó como empezaba a excitarse poderosamente, y pensó que muy pronto se lanzaría sobre ella a poseerla.

Pero pronto notó que lo que sentía no era el calor de la excitación: sus tripas estaban volviéndose del revés. Por primera vez en su vida, Antracón, quien había comido en alguna que otra tarde lo que un pequeño pueblo comía en una semana, experimentó una indigestión. Y no una cualquiera: hombres sólo un poco menos fuertes que él habían echado el estómago por la boca con indigestiones similares. Notaba cómo sus intestinos pedían clemencia, y algo un poco más abajo se abría paso hacia la salida.

Antracón corrió como nunca había corrido para salir a las murallas a echar lo que quiera que estaba intendando salir de sus tripas. El sonido de la expulsión tronó como una tormenta tropical, y el bárbaro sintió que lo que salió no podía ser otra cosa que un demonio espinoso.

Volvió a la bodega para seguir contemplando la danza, pero al poco tiempo tuvo que salir de nuevo a acuclillarse junto a las murallas. Al volver estaba decidido a interrumpir el bailecito y someter a Aliata de una puñetera vez, pero ni siquiera pudo llegar hasta ella sin retorcerse. Se dio la vuelta, y antes de atravesar la puerta de salida para volver a su tienda, le gritó a la muchacha:

- ¡Estoy harto! ¡Harto de estos palacios de pesadilla repletos de pasillos y en los que la comida está llena de demonios! ¡Mañana vendrás a mi tienda! ¡Me da igual lo que te haya dicho tu padre! ¡Si no lo haces, le torturaré a fuego lento!

El periplo hasta su tienda fue un padecimiento, y sus tripas le castigaron durante toda la noche. Siguió pensando que era un ser del infierno lo que tenía dentro, pues los bárbaros, hombres de recio estómago, son incapaces de reconocer los efectos de un laxante, aunque sea especialmente poderoso.

· · ·

Al caer la siguiente noche Antracón recibió otra misiva. Estaba dispuesto a iniciar el saqueo si ésta implicaba otra cosa que no fuera el sometimiento inmediato y complaciente de Alieta. Pero quedó satisfecho:

"Viril oso acorazado de mis sueños: voy hacia tí. Pero como sabes, mi belleza turba a los hombres, así que, para que podamos estar tranquilos, sin que ninguno de tus hombres pueda interrumpirnos para raptarme en un arrebato pasional, te pido que apostes a la puerta de tu tienda aquellos hombres en los que más confíes"

Así pues, Antracón ordenó a sus tres lugartenientes que, una vez que la joven entrase, no permitiesen el acceso a la tienda a nadie, haciendo uso de las espadas si fuese preciso.

Al rato llegó la joven, esbozada en su túnica. Nada más entrar en la tienda, el bárbaro empezó a desnudarse inmediatamente.

- ¡Desnúdate inmediatamente o destrozaré tus ropas! ¡Nada de bailes ni de tonterías! ¡Pienso poseerte ahora mismo!

La joven dejó caer su túnica, que resultó ser su único atuendo. El cuerpo más voluptuoso y arrebatador que había sido modelado jamás en una criatura terrenal se mostró, en toda su gloria ante Antracón, que estaba a punto de bajarse los pantalones.

Pero fueron las manos de la joven las que concluyeron la tarea. Y fueron esas manos las que empezaron a manipular el miembro del bárbaro. Antracón sentía que se le nublaba la consciencia ante tanto placer.

- Bárbaro mío, poderoso titán - le preguntó Alieta sin interrumpir su tarea- ¿me harás tu concubina cuando te conviertas en el señor de mi país?
- ¡Sí, te haré mi concubina! ¡Pero sigue! - le gritó el bárbaro.

Antracón se estremecia con los movimientos de las manos de la joven, que tocaban y acariciaban siguiendo técnicas que se remontan al origen del mundo, cuando los hombres se tocaban y acariciaban sin miedos ni tapujos, y que ya sólo unos pocos dominan.

- Mi fiero y temible guerrero: ¿me harás tu favorita, y me darás todos mis caprichos?
- ¡Todos! ¡Pero no pares!

La cadencia de las manos de la joven se iba incrementando.

- ¿Me darás joyas? ¿Me darás oro?
- ¡Te daré todas las joyas de este continente! ¡Todo el oro del mundo!

El bárbaro sentía que iba a estallar. Las manos de Aliata incrementaron su velocidad de agitación.

- ¿Me darás el oro que prometiste a tus hombres? - y tocó, con su dedo índice, un punto preciso de una parte no muy frecuentemente explorada del sexo masculino.

El bárbaro se sintió estallar. Un estallido que ningún adjetivo, por ilustrado que sea el escritor (y éste que escribe no lo es) resultaría apropiado.

- ¡SÍ! ¡Tendrás todo el oro de mis hombres! - Chilló con todas sus fuerzas en pleno éxtasis.

Por la entrada de la cueva entraron inmediatamente los tres lugartenientes de Antracón, montados en cólera y espada en mano. Mientras se vengaban de su lider por semejante traición, por el lado opuesto de la tienda Aliata se escabulló por debajo la tela, y corrió hacia el pasadizo de las murallas. Nadie le siguió: los lugartenientes estaban ocupados asesinando a su jefe, y el resto de los bárbaros aún dormían el placentero e imperturbable sueño bárbaro.

· · ·

Al día siguiente, al despertarse, los bárbaros estaban realmente confusos: su jefe había sido asesinado por sus propios lugartenientes, y éstos se habían matado entre ellos. Como todo el ejército estaba formado por bárbaros, nadie pudo deducir que los tres aspirantes a jefe no habían podido resolver el problema sucesorio. Tampoco entendieron porqué Antracón había sido muerto con los pantalones bajados, y mucho menos porqué presentaba aún una enorme erección, cuando por las inmediaciones no se veía mujer alguna.

Finalmente, hartos de buscar explicaciones y sin ganas de reemprender una larga marcha de regreso a sus tierras, los bárbaros decidieron que, sin jefes que organizaran sus caos de pillaje, asesinatos y violaciones, su trabajo no tenía mucho futuro, así que decidieron entran en la ciudad a comer algo. Descubrieron que en Mantapinto se padecía una gran falta de tipos forzudos que se dedicaran a la herrería, el templado de armas, el transporte de mercancías pesadas y la cantería, por lo que todos encontraron trabajo muy pronto, y acabaron plenamente integrados en la urbe.

Y en cuanto al Rey, gozó del resto de su reinado con la compañía de su adorada hija Galamina, que además de ser hija única, era todo un dechado de habilidades. Y entre el impresionante repertorio de habilidades que debe tener una buena princesa nunca faltan, obviamente, el maquillaje, la danza y la capacidad para manipular a un hombre a través de su mayor debilidad: el deseo.

El rey que quería aprender a reinar

Cuando aquel príncipe se convirtió en Rey, decidió que sería el más nombre, sabio y amado de todos los reyes que habían existido.

Para lograrlo buscó a los hombres más sabios y cultivados de todo su imperio, y formó con ellos un consejo que gobernarían a sus súbditos: con la inteligencia y los vastos conocimientos de aquellos hombres, se harían leyes justas y equitativas, y se aplicarían de forma eficaz. Pero no funcionó: aquellos sabios habían desentrañado los misterios de la naturaleza y el universo, pero desconocían al pueblo. Ignoraban las necesidades de los comerciantes o los artesanos, y menos aún las aspiraciones de los granjeros y pastores.

Al ver su fracaso, el Rey decidió hacer lo contrario: formó un parlamento con humildes representantes del pueblo llano. Pensó que nada mejor que el pueblo para gobernar al pueblo, y dado que la mayoría de los habitantes del reino eran modestos trabajadores, serían ellos los que dictarían las leyes. Tampoco funcionó: como todos esos hombres habían sufrido carencias toda su vida, los elegidos dictaron leyes que sólo les beneficiaban a ellos, y dejaban de lado a sus antiguos compañeros de penurias. La corrupción se extendió por toda la corte.

Desalentado, el Rey probó con un gobierno de burgueses y nobles, tan ricos que no necesitarían enriquecerse más. Pero también falló, pues pasaban el tiempo conspirando para materle y usurpar su puesto, en lugar de legislar y hacer prosperar al pueblo.

Ni siquiera al mezclar los tres grupos para formar un gobierno que representase a todos los súbditos se obtenía el equilibrio que permitiese un gobierno justo: cada facción se dedicaba a luchar contra las demás, sin atender sus obligaciones.

Completamente desmoralizado, el Rey optó por la más cobarde de las alternativas: huir. Se disfrazó de peregrino, abandonó el reino a su suerte, y decidió vagar por el continente en busca de la iluminación que le permitiría, por fin, recuperar su reino y convertirlo en el más feliz territorio jamás conocido. Nadie sabe exactamente cuanto viajó, pero se sabe que partió joven y aún continuaba su búsqueda cuando ya era viejo.

Pero la recompensa espera a los que saben esperar, y así fue que el anciano Rey se encontró con un filósofo ciego que pescaba en un acantilado. Compartieron la cerveza del Rey y los pescados del ciego, y durante la conversación el Rey le preguntó, como había preguntado ya a cientos de miles de personas, por el secreto del Buen Gobierno.

- Mi señor, -le respondió el ciego- cuando fuimos moldeados y creados para vivir en este mundo, fuimos dotados con una boca, para comer los alimentos. Se nos dio unos ojos, para ver el peligro y reconocer el alimento. También tenemos nariz para reconocer lo podrido y orejas para sentir a los depredadores. Por supuesto, nos dieron piernas para caminar, y brazos para defendernos y manipular herramientas. Ahora bien, decidme: ¿acaso nos han dado algún órgano, apéndice o parte del cuerpo para gobernar?

- No, tenéis razón, no existe. ¿Decís entonces que el hombre no podrá gobernar nunca, que no es un acto propio a la condición humana? Eso es desalentador.

- En absoluto digo semejante cosa. Observad: esta boca que se nos dio para comer, hemos aprendido a usarla para cantar, y las orejas para reconocer la belleza de esas canciones. Nuestros ojos los usamos para admirar la belleza de la persona que amamos, y nuestra nariz para oler la fragancia de las flores. Usamos nuestros brazos para crear obras de arte, y nuestras piernas para bailar. Todos esos actos, pues, que son innaturales para el hombre, hemos aprendido a hacerlos con nuestras herramientas de animales.

»El hombre -continuó el anciano- no sabe aún cómo gobernar a sus semejantes con justicia y bondad, porque no es natural para el hombre. Pero aprenderemos a hacerlo, usando para ello los órganos que la naturaleza nos han dado. Tal vez el corazón, para legislar con piedad y amor; y la mente, para reconocer aquello que es justo y aplicar las leyes con toda la eficacia posible. Aprenderemos a hacerlo, pero así como el hombre tardó en aprender a usar sus pies para bailar lo que tarda una estrella en nacer, el hombre tardará en aprender a gobernar lo que tarda una estrella en morir. Pero así ocurrirá.

El Rey, satisfecho por fin, se despidió del anciano, y retomó el camino. No volvió a su reino: se dirigió a una posada y solicitó una habitación. Por la noche escribió, detallada y cuidadosamente, una misiva destinada a todos los reyes que conocía en la que narraba las palabras del anciano, para que fuesen transmitidas a través de las dinastías y los linajes. De esa forma, sólo cuando el hombre aprendiese a gobernar a sus semejantes, se olvidaría ese conocimiento.

Y como aquí cuento esto, aún no ha llegado ese día.

La era de los descubrimientos

Diego Manuel de Ayala nació en el preciso instante en el que Vasco Núñez de Balboa divisó por primera vez la gigantesca masa de agua que luego se llamaría El Pacífico. Diego estaba destinado a hacer historia. Por las buenas o por las malas.

En su pequeño pueblo de Jaén Diego empezó a ser conocido pronto como El Diablo. Principalmente, por las magníficas habilidades que desarrolló para la tortura y el ejercicio general de la crueldad. No dejaba pasar ocasión para practicar técnicas y refinamientos destinados a infringir padecimiento a cualquier animal o persona con la que se encontrase. Al llegar a la adolescencia todos los habitantes del pueblo pensaban que infringir dolor era el único objetivo en la vida de Diego. Pero estaban equivocadas: Diego tenía sueños, y el más poderoso de ellos era volar, como hacían los magníficos buitres que contemplaba durante horas en los extraños momentos de calma que atesoraba entre maldad y maldad. Nunca supo de dónde nació semejante obsesión, aunque tal vez hoy algunos especialistas dirían que aquel reino de los cielos representaba la única forma de escapar a sus instintos depravados. Aunque probablemente estarían equivocados, porque las motivaciones del Diablo desafiaba a cualquier explicación, como cuando, sin previo aviso y en contra del sentido común, decidió embarcarse a buscar fortuna en Las Indias, justo al cumplir 20 años.

Hacía ya años que las Indias habían perdido su salvaje virginidad a manos de evangelizadores, terratenientes y tiranuelos. Era ahora un terreno abonado para arribistas sin escrúpulos capaces de convertir la sangre india en maravedíes y reales. Por eso Diego el Diablo no tardó en prosperar: sin haber pasado cinco años desde su desembarco en el nuevo mundo, ya era regidor de un pequeño poblado. Semejante carrera fue cimentada usando engaños, asesinatos, traiciones y promesas incumplidas, pero hay que decir a favor de Diego el Diablo que no fue el más cruel de los conquistadores de Las Américas. Ni mucho menos.

Sea como sea, y aun siendo ya un regidor, Diego seguía soñando con volar, y ahora más que nunca, porque los buitres habían sido destronados en su admiración por un nuevo ave: aquellos gigantescos cóndores. Nunca pensó que podían existir semejantes criaturas, y en ocasiones escalaba enormes picachos de piedra para poder observarlos de cerca.

Fue en una de esas excursiones a picos altos cuando sucedió uno de esos sucesos extraordinarios que sólo suceden en las junglas amazónicas. Diego regresaba a su poblado, frustrado por no haber divisado ningún Cóndor, cuando sus ojos toparon con los de un pequeño animal de gracioso aspecto. Parecía una especie de mono blanco, de grandes orejas y larga cola, que le excrutaba sorprendido, casi como si lo conociera pero le desconcertara encontrarlo ahí, tan lejos del poblado. Su miraba no le gustaba a Diego, y de un ágil movimiento lo agarró por el lomo. Alzó la mano, dispuesto a lanzarlo contra una piedra, cuando el mono chilló, en un perfecto español, ¡no, señor, por piedad!.

Diego no daba crédito: entre esos bosques había visto cosas extrañas, pero nada como un pequeño simio que le hablase con una voz clara y una pronunciación perfecta. Le sacudió brutalmente, reclamándole una explicación. El pobre monito volvió a dirigirse a él:

Parezco un mono, pero en realidad soy una niña. Algunos de nuestro pueblo conocemos la morada de un hombre sabio, capaz de transformar a los hombres en animales. Conservamos la nueva forma durante unos pocas meses, y luego recuperamos nuestro aspeco.

Volvieron las sacudidas: Diego estaba frenético. Tenía que saber dónde residía ese hombre sabio. El mono, que sentía que cómo sus entrañas se daban la vuelta por las sacudidas, le describió el camino para llegar a la cueva del sabio. El captor ahora estaba en una especie de trance, ante la perspectiva de lograr, por fin, el sueño vital que pensaba imposible. En ese momento el mono logró zafarse, pero a Diablo ya no le importaba: corrió hacia su poblado como nunca había corrido para preparar el viaje, que se presentaba largo y duro.

El viaje hasta el poblado del hombre sabio podía suponer unas cuantas semanas de periplo para un indio conocedor del terreno y los misterios de las montañas. Diego tardó tres años, en los que se enfrentó a ríos, circundó montañas y atravesó junglas en las que ningún hombre blanco había penetrado. Padeció enfermedades que aún no tenían nombre, y mató con sus manos desnudas a animales que ni siquiera hoy han sido clasificados. Muchos no creerían el camino que atravesó, pero es dificil que un hombre en ruta hacia sus sueños conozca el desaliento. Y Diego no era un hombre: era un diablo.

Y así, pasados tres años, Diego llegó a una pequeña cueva que se abría en la ladera de una gigantesca montaña. En la entrada, un anciano enclenque y esquelético le miraba con desinterés. Ese viejo y débil indio fue la primera persona ante la cual se arrodilló Diego.

Poderoso señor - le dijo - he venido desde muy lejos, para implorar que uséis vuestro don para convertirme en un Cóndor.

Mira mis brazos, pálido joven: parecen ridículos, al lado de los tuyos. A pesar de todo mi poder, no puedo usarlos para poder romper ramas con las que calentarme en invierno. Dame los tuyos, y te convertiré en un Cóndor - fue su respuesta.

Diego sacó un enorme cuchillo de su mochila, y ante la atenta mirada del sabio se cortó los brazos, agarrando el cuchillo con la boca. El sabio los cogió y se los colocó justo bajo los suyos, convirtiéndose en un extraño anciano con cuatro brazos. Alzó la vista hacia el cielo, cerró los ojos y entonó un cántico. Diego notó que su cuerpo empezaba a cambiar: sus pies se convertían en garras, su boca en un pico, y de su piel surgían plumas.

Al acabar el cántico, Diego ya era un Cóndor. Pero un Cóndor sin alas.

Sus brazos, que debían convertirse en alas, habían sido cedidos al sabio. Diego intentó amenazar de muerte y agarrar por el cuello al que consideraba que se había burlado de él, pero sólo consiguió graznar y perder el equilibro. El viejo, impasible, volvió a hablarle:

No te he engañado. Éres un Cóndor. Sin embargo, como veo que no estás contento, permitiré que vuelvas a escoger el animal en el que quieres convertirte. Esta vez, piénsatelo mejor.

Y así lo hizo Diego. Sólo se le ocurría un animal en cuya forma, sin brazos, pudiera sobrevivir y matar a otros animales, hasta que pasasen unos meses y volviese a ser un hombre.

Conviérteme en una serpiente.

Así lo hizo el viejo. En su nueva forma, Diego emprendió el camino a casa, reptando entre los árboles

Pero a las pocas horas de camino, cuando atravesaba una meseta despejada, Diego, con sus ojos de reptil, vio como se elevaba.

Estaba volando, por fin. No sabía como, pero volaba.

La emoción que recorría su cuerpo le impedía sentir el pico del Cóndor que le había atrapado, pensando que se trataba de una serpiente cualquiera. Diego contemplaba los sobrecogedores paisajes andinos, y veía cómo su vuelo se dirigía hacia una montaña. Y también vio los picos abiertos de unas pequeñas crías de cóndor que lo despedazaron en pocos minutos.

Diego nunca volvió a ser visto por su aldea, pero le sucedieron otros diablos, que siguieron tiñendo de sangre el suelo americano. Y esos ni siquiera soñaban con volar.